Aranzadi: Despertar tras la pesadilla
abril 13, 2026
Por: The Nabarra
La rehabilitación del antiguo convento de las Agustinas para convertirlo en un centro de neurorrehabilitación de vanguardia es, sobre el papel, una noticia excelente para Pamplona. Sin embargo, la polvareda levantada por el desalojo de las 75 personas que allí malvivían no es un hecho aislado ni fortuito; es el síntoma final de una enfermedad que nuestra ciudad ha padecido durante demasiado tiempo: la parálisis crónica en materia de vivienda y servicios sociales. Es hipócrita escandalizarse hoy por las costuras rotas del sistema habitacional cuando venimos de un lustro de absoluta desidia institucional. Durante los últimos cinco años de gestión de UPN, el modelo de ciudad se centró en el escaparate y el asfalto, ignorando deliberadamente que, bajo la Pamplona de postal, aumentaba un agujero de desamparo. Quienes hoy critican la celeridad o la forma de una intervención necesaria, son los mismos que, durante su mandato, prefirieron mirar hacia otro lado mientras las listas de espera para viviendas de emergencia se disparaban.
No podemos olvidar que la situación del meandro de Aranzadi no surgió de la nada. Fue el resultado directo de la falta de valentía para implementar políticas de vivienda pública y el desmantelamiento progresivo de los recursos de acogida. La anterior administración municipal convirtió la gestión social en una gestión de la invisibilidad bajo la premisa de que si no se ve el problema, el problema no existe. Resulta desolador ver cómo se permitió una crisis de exclusión para que ahora, cuando por fin se proyecta una inversión y un uso social para el edificio, el foco se ponga en un operativo de urgencia que no es sino el último recurso ante años de abandono previo. La urgencia de hoy es el castigo por la negligencia de ayer.
Es comprensible el dolor y la frustración que genera ver a personas sin un techo estable, pero culpar exclusivamente a quien intenta poner orden en el caos heredado es una deshonestidad intelectual. La verdadera violencia no está en el realojo temporal en albergues u hoteles, que es una medida paliativa pero activa, sino en la violencia estructural de haber permitido que seres humanos no encontrasen alternativas habitacionales durante años. Pamplona merece algo mejor que el parche y la improvisación. El nuevo centro de neurorrehabilitación, es un paso firme hacia una ciudad que cuida, pero este avance debe ir acompañado de una autocrítica profunda sobre cómo llegamos hasta aquí. Aquellos que durante su gestión prefirieron los titulares vacíos a los cimientos sociales sólidos hoy no tienen legitimidad moral para dar lecciones de humanidad. La responsabilidad de los cinco años de parálisis de UPN pesa hoy sobre los hombros de una ciudad que, por fin, ha decidido dejar de esconder sus problemas bajo la alfombra para empezar a construir soluciones, por complejas que estas resulten.

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