THE NABARRA La Nabarra de verdad

Cuidado con la Policía Nacional

Por: The Nabarra

​El espacio público es, por definición, el lugar del encuentro, la celebración y la expresión colectiva.  Sin embargo, las calles de Iruña o las gradas de El Sadar han sido escenarios de riesgo, no por la supuesta peligrosidad de quienes las frecuentan, sino por la imprevisibilidad de quienes se les supone el papel de protectores desde las instituciones.

Bajo el pretexto de mantener un orden que a menudo nadie ha quebrado, la Policía Nacional está consolidando un modelo de intervención que parece ignorar una premisa básica: la seguridad no puede construirse a costa de la integridad física de los ciudadanos inocentes.

​Los datos y los hechos recientes son claros. El procesamiento de jóvenes por los incidentes previos al Chupinazo de 2025 o las detenciones tras los sucesos en El Sadar han servido de telón de fondo para justificar despliegues de fuerza que resultan, a todas luces, desmedidos. Mientras el foco jurídico se centra en los acusados, queda en el aire una pregunta mucho más inquietante para el resto de la población: ¿qué ocurre con kas personas —txikis entre otras—, que simplemente se encontraban por allí? ¿Qué seguridad tiene el rojillo en el Sadar o cualquiera que espere el estallido del cohete en la plaza Consistorial cuando la respuesta policial se convierte en una carga indiscriminada?

​No se trata de una percepción subjetiva, sino de un análisis de la proporcionalidad de las acciones policiales. Cuando se desata una carga en un entorno de alta densidad —como los sanfermines o un Osasuna-Real Madrid—, el riesgo de daños colaterales se dispara exponencialmente. Una porra no distingue entre un infractor y una persona mayor que intenta retirarse; ni separa al agitador del niño que acude a ver a su equipo. El abuso de autoridad no reside solo en el golpe injustificado, sino en la creación de un escenario de pánico donde la propia policía se convierte en la principal fuente de peligro para la multitud.

​Es una cuestión de lógica operativa: si para detener a tres personas o disolver un grupo reducido se pone en peligro la vida o la integridad de trescientas, la táctica ha fracasado. No se puede proteger la convivencia generando un estado de excepción donde cualquier movimiento es interpretado como una amenaza que merece una respuesta violenta. La autoridad se gana, no se posee.

​El sentimiento de indefensión es creciente. Existe miedo a la Policía, a verse atrapado en una de estas "operaciones de mantenimiento del orden" que terminan con heridos que nunca lanzaron una piedra ni profirieron un insulto. Ese riesgo constante, esa sensación de que cualquiera puede ser el próximo "error de cálculo" de un agente con exceso de celo, es lo que realmente erosiona la confianza en las instituciones. 

​Como sociedad, debemos exigir que el orden no sea el nombre que se le da al silencio impuesto por el miedo a la porra. Están demostrando que antidisturbios es igual a disturbios. Así que, cuidado con la Policía Nacional. No se les intuye arrepentimiento.

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Cuidado con la Policía Nacional

Por: The Nabarra

​El espacio público es, por definición, el lugar del encuentro, la celebración y la expresión colectiva.  Sin embargo, las calles de Iruña o las gradas de El Sadar han sido escenarios de riesgo, no por la supuesta peligrosidad de quienes las frecuentan, sino por la imprevisibilidad de quienes se les supone el papel de protectores desde las instituciones.

Bajo el pretexto de mantener un orden que a menudo nadie ha quebrado, la Policía Nacional está consolidando un modelo de intervención que parece ignorar una premisa básica: la seguridad no puede construirse a costa de la integridad física de los ciudadanos inocentes.

​Los datos y los hechos recientes son claros. El procesamiento de jóvenes por los incidentes previos al Chupinazo de 2025 o las detenciones tras los sucesos en El Sadar han servido de telón de fondo para justificar despliegues de fuerza que resultan, a todas luces, desmedidos. Mientras el foco jurídico se centra en los acusados, queda en el aire una pregunta mucho más inquietante para el resto de la población: ¿qué ocurre con kas personas —txikis entre otras—, que simplemente se encontraban por allí? ¿Qué seguridad tiene el rojillo en el Sadar o cualquiera que espere el estallido del cohete en la plaza Consistorial cuando la respuesta policial se convierte en una carga indiscriminada?

​No se trata de una percepción subjetiva, sino de un análisis de la proporcionalidad de las acciones policiales. Cuando se desata una carga en un entorno de alta densidad —como los sanfermines o un Osasuna-Real Madrid—, el riesgo de daños colaterales se dispara exponencialmente. Una porra no distingue entre un infractor y una persona mayor que intenta retirarse; ni separa al agitador del niño que acude a ver a su equipo. El abuso de autoridad no reside solo en el golpe injustificado, sino en la creación de un escenario de pánico donde la propia policía se convierte en la principal fuente de peligro para la multitud.

​Es una cuestión de lógica operativa: si para detener a tres personas o disolver un grupo reducido se pone en peligro la vida o la integridad de trescientas, la táctica ha fracasado. No se puede proteger la convivencia generando un estado de excepción donde cualquier movimiento es interpretado como una amenaza que merece una respuesta violenta. La autoridad se gana, no se posee.

​El sentimiento de indefensión es creciente. Existe miedo a la Policía, a verse atrapado en una de estas "operaciones de mantenimiento del orden" que terminan con heridos que nunca lanzaron una piedra ni profirieron un insulto. Ese riesgo constante, esa sensación de que cualquiera puede ser el próximo "error de cálculo" de un agente con exceso de celo, es lo que realmente erosiona la confianza en las instituciones. 

​Como sociedad, debemos exigir que el orden no sea el nombre que se le da al silencio impuesto por el miedo a la porra. Están demostrando que antidisturbios es igual a disturbios. Así que, cuidado con la Policía Nacional. No se les intuye arrepentimiento.

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