La Cruz de madera y el muro de piedra: Reflexiones sobre una fe coherente
abril 03, 2026
Por: The Nabarra
La primavera no solo trae el azahar, sino también el redoble de tambores que marca el pulso de un Estado que se define, constitucionalmente, como aconfesional. Sin embargo, la realidad de nuestras calles en Semana Santa desdibuja cualquier frontera legal. La fe sale al espacio público, y con ella, una amalgama de fervor, tradición y, en ocasiones, una contradicción latente que merece un análisis pausado desde la razón, y también desde el espíritu.
Objetivamente, España vive una dualidad compleja. Mientras el marco jurídico garantiza la laicidad —asegurando que ninguna confesión tenga carácter estatal—, la sociología nos muestra que la Semana Santa es el momento donde la identidad religiosa y la identidad nacional de ciertos sectores se fusionan.
Es aquí donde surge la primera disonancia. Muchos de quienes ostentan el protagonismo en las cofradías pertenecen a estratos sociales de derecha y ultraderecha, sectores que, paradójicamente, suelen liderar los discursos de restricción ante la inmigración o se muestran escépticos frente a la expansión de derechos sociales. La lógica nos dice que si una institución (la Iglesia o sus cofradías) se fundamenta en un mensaje universal, sus seguidores deberían ser los primeros en promover el bien común. Como bien señala el sacerdote Javier Baeza en sus recientes reflexiones para el medio digital Mundo Obrero, "urge una desclericalización de la institución para que el centro no sea el rito o la jerarquía, sino la realidad sufriente del prójimo".
Para muchos puede resultar conmovedor ver a un pueblo llorar ante una talla de madera que representa el martirio, por ejemplo. Para otros muchos puede parecer incomprensible. Lo cierto es que por un lado, hay una belleza innegable en la emoción colectiva y cultura que se desata en muchos puntos de la geografía ibérica, y por otro, una sospecha de que estos procesos responden a un efecto de arrastre social o incluso como se dice ahora, por puro fomo. Pero, ¿qué ocurre cuando el sentimiento se agota en la estética? El sentir de la Semana Santa debería conectarnos con la vulnerabilidad humana.
Resulta difícil de procesar, desde la empatía más básica, que la misma mano que sostiene un cirio en honor a un hombre perseguido y torturado por el poder, sea la que escribe mensajes de rechazo hacia quien llega a nuestras costas en una patera. Jesucristo no murió por una identidad nacional ni por un estatus socioeconómico; murió, según el dogma, por la humanidad sin etiquetas. La "Pasión" hoy no está solo en los tronos de plata, sino en las fronteras y en las colas del hambre, lugares que muchos de los devotos prefieren ignorar.
Finalmente, la autoridad moral de un creyente no reside en la altura de su capirote, sino en la profundidad de su coherencia. El mensaje de Jesús fue radical: “Amáos los unos a los otros como yo os he amado”. No añadió cláusulas de nacionalidad ni de mérito económico.
Siguiendo la línea de Baeza, si la Iglesia y sus fieles no son capaces de mirar a los ojos al "diferente" (el inmigrante, el desahuciado, el excluido), la celebración se convierte en un ejercicio de individualismo espiritual. Precisamente, lo contrario a lo que pretende el mensaje cristiano, una comunidad.
Ser un Estado laico supone respetar la libertad de sacar los santos a la calle, pero ser seguidor del mensaje de Cristo te insta a no dejar a nadie abandonado. La verdadera manifestación de esta fe debería ser la que continúa después del lunes de Pascua, cuando el traje de gala se guarda y cada feligrés se queda a solas, perteneciendo o siendo miembro de una iglesia, pero con sus capacidades de perdonar, acoger y defender la dignidad de los que, como aquel galileo, hoy también son señalados por el sistema.

Comentarios
Publicar un comentario