Misericordia sin piedad
abril 09, 2026
Por: The Nabarra
Cada año, bajo el disfraz del blanco y el rojo, Pamplona se convierte en el escenario de una contradicción moral insoportable. Mientras la ciudad se vende al mundo como un estallido de alegría y fraternidad, las sombras de la Plaza de Toros proyectan una realidad mucho más lúgubre: la tortura sistemática de seres vivos. En este 2026, es hora de llamar a las cosas por su nombre y señalar a los responsables de que la sangre siga corriendo sobre el albero.
Los ejecutores directos son nombres propios, figuras que la prensa ensalza como "maestros" pero que, despojados de la purpurina y el traje de luces, no son más que los brazos ejecutores de un maltrato arcaico. Nombres como Morante de la Puebla o el ídolo de masas Roca Rey, quienes según las últimas informaciones volverán a ser el eje del abono pamplonés este año, son los protagonistas de un espectáculo basado en el agotamiento, la asfixia y la agonía de un animal. No hay "arte" en una estocada, solo hay una técnica refinada para matar ante el aplauso de una multitud ebria de tradición.
Sin embargo, el torero es solo el último eslabón. La maquinaria del maltrato en San Fermín es una red de colaboración institucional y social que debería avergonzarnos. A la cabeza se sitúa la Casa de Misericordia (La Meca). Resulta una paradoja cruel que una entidad dedicada a la caridad y al cuidado de los ancianos sea la principal organizadora y beneficiaria de la Feria del Toro. ¿Cómo se puede financiar la "misericordia" con el dinero de la tortura? Gestionar una plaza de toros para sostener una residencia de ancianos es un chantaje emocional que la sociedad navarra debe dejar de aceptar. La ética no puede tener un precio, y menos si ese precio se paga con el sufrimiento de los astados de ganaderías como Miura, Victoriano del Río o Cebada Gago, ya confirmadas para este ciclo.
Pero la lista de colaboradores es más larga. Están las Peñas de San Fermín, ese supuesto motor de la fiesta que, bajo el estruendo de sus charangas y sus pancartas de colores, proporcionan el "ambiente" necesario para normalizar la masacre. Mientras las peñas llenan el sol de la plaza, están validando con su presencia y sus abonos que el maltrato animal es una forma válida de diversión. No son meros espectadores; son el pulmón financiero y social que mantiene viva una feria que, sin su algarabía, se vería reducida a lo que realmente es: un matadero público.
No podemos olvidar a quienes aportan los fondos. Desde las instituciones públicas que, de una forma u otra, facilitan la logística y promoción de una feria que mancha la imagen de una ciudad moderna, hasta las empresas privadas que patrocinan o compran palcos. Cada euro invertido en la Feria del Toro es un euro destinado a perpetuar el dolor.
Es hora de romper el silencio y la complacencia. Ser "sanferminero" no debería implicar ser cómplice de la tortura. Los toreros torturan, pero es la Casa de Misericordia, las Peñas y cada persona que compra una entrada quienes sostienen la espada. En pleno siglo XXI, la tradición ya no es una excusa; es, simplemente, una forma compartida de crueldad.

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